Los
partidos políticos en el Perú, salvo honrosas excepciones, son organizaciones
ya sea abiertamente delincuenciales o, en el mejor de los casos, organizaciones
al servicio de intereses personales, indiferentes al interés y sentir ciudadano
y controladas por caudillos inescrupulosos a los que solo les interesa el poder.
Mas
aun, en su afán por acumular ese poder se las han ingeniado para tergiversar
inescrupulosamente la limitada y secundaria función que les reserva la constitución[1]
promulgando inconstitucionales leyes para convertirse en impunes
protagonistas y gestores de nuestro sistema de gobierno.
En el colmo de la
prepotencia y descaro han inclusive logrado, bajo el acomodaticio y falso
pretexto de fortalecer los partidos políticos para defender la democracia, prenderse
de la ubre fiscal pasando leyes para que sea el Estado quien los mantenga con dineros
públicos a fin de compensar la total indiferencia de la ciudadanía hacia su
existencia.
Esto, no obstante que la
historia ha demostrado fehacientemente que son precisamente los partidos
políticos los artífices y responsables de la mayoría de males que aquejan a
nuestro sufrido y estoico país.