El Perú no necesita esa solapada expresión de paternalismo político que se ha dado en llamar “des-centralización” y cuyo objetivo no es otro que camuflar el centralismo estatal creando la ilusión de que el poder se esta trasladando hacia las regiones cuando en realidad el mismo seguirá bajo el control del gobierno central.
La llamada des-centralización es simplemente una forma refinada de preservar el centralismo y de reducir la presión social generada en el interior del país por esa asfixiante estructura política y económica. Una estrategia para otorgar a las regiones una especie de libertad condicionada sujeta a la tutela, evaluación y aceptación del gobierno central pero sobretodo, sujeta a la benevolencia económica de este.
No debe pues extrañarnos que el gobierno central constantemente resalte la ineficiencia y hasta ineptitud de las regiones para administrar sus recursos de inversión y presupuestos así como la ineficacia política de sus órganos de gobierno. Al final y al cabo, la des-centralización tiene precisamente como objetivo resaltar la fragilidad de los gobiernos regionales y destacar la necesidad de que estos dependan de un gobierno central. Es mas, semánticamente, la palabra des-centralización implica la necesaria existencia del concepto centralización. Son, a falta de una mejor definición, conceptos siameses.
Los Peruanos históricamente nos hemos caracterizado por tener una profunda raigambre regional. Raigambre que se sustenta en la intima y, en el caso del mundo Andino, mágica relación con la tierra y con su entorno natural; el medio ambiente.
El primer intento organizado de someter al pueblo Peruano a la voluntad de un poder central fue el imperio Inca. Los Incas utilizaron el temor al desarraigo regional como arma para forzar la adhesión voluntaria de los pueblos a la voluntad del Cuzco. De hecho, los Incas recurrieron al secuestro masivo de pueblos enteros y su re-ubicación en lugares apartados como medida punitiva para castigar a quienes se resistían a la asimilación y para disuadir rebeldías en los pueblos ya asimilados.
El Virreynato, a sangre, abuso y fuego, continúo con el proceso de someter al pueblo a un poder central y posteriormente, la República, utilizando métodos más sutiles pero igualmente efectivos como la marginación cultural y económica, continua, hasta el día de hoy, con este despropósito.
Resulta curioso y hasta paradójico constatar que en la época actual, el discurso llamado nacionalista y/o revolucionario de candidatos como el Sr. Humala lejos de revindicar la vocación regionalista de los pueblos nativos del Perú por el contrario promueva continuar con el sometimiento de los mismos a un poder central disfrazado de descentralista y, según se desprende de su plan de gobierno, aun mas autoritario que el actual.
De igual forma resulta curioso y patético que dicho candidato se proclame partidario de una estrategia Bolivariana de desarrollo para América Latina, cuando Simón Bolívar fue enemigo de la autodeterminación y vocación regionalista de los pueblos Andinos.